Solo un tropezón

Nada existe realmente. Lo comprobé con mi estómago vibrando en el medio de un nido amarillo de pichones de feudos, mientras completaba la historia de un desengaño que ya se había anunciado ante la pasividad de un tipo que parecía bueno pero que, como todos, también tenía secretos. Esos cruces nunca terminan bien.


La pequeña pantalla maquilla, con frases bonitas, verdaderas intenciones de encender fuegos, y las altas temperaturas sirven de caldo de cultivo para disfrazar la trampa con palabras rimbombantes y estar a tono con los mensajes solidarios que se multiplican en sistemas eléctricos de aislamiento personal. A estas condiciones debemos sumarle la inestabilidad, que sirve para acumular corazones y dibujar la estupidez como algo pintoresco. Si a las pantallas, las máscaras y la búsqueda desesperada de corazones le agregamos la casi nula resistencia de ayer y de hoy a ciertas condiciones humanas, entonces estamos patinando sobre hielo muy delgado y, más temprano que tarde, vamos a terminar todos ahogados. Esto es humano, pero es también histórico, universal y eterno.


La solución tal vez sea más simple de lo que muchos creen. En ésta era de eufemismos ridiculos, solo queda en evidencia la necesidad de no decir, y ante el descubrimiento, subirse a un barco cada vez más grande donde los raros se extienden la mano unos a otros. Ante el grito y la exigencia de derribar los límites, una declaración de intenciones sería más lógica y sensata. Por lo menos para los que tenemos ciertos pasajes lógicos de reflexión. Si no es así, solo se contribuye a saciar el apetito del monstruo con el que aquellos incapaces creen que pelean, pero solo alimentan. El mercado los devora y yo fumo y, debo reconocer, un poco me río. Y todos aprovechan. Alguna victoria habrá, pero la victoria mayor es siempre la de la bestia que sigue engordando y deglutiendo las mentes de aquellos que, vaya uno a saber porqué, necesitan excusarse para poder hacer lo mismo que hacen todos. Las revoluciones hoy probablemente estén orquestadas por aquellos a los que queremos (queremos?) derrocar. Entonces sentimos la satisfacción de estar del lado de donde vuelan piedras en vez de balas. Y creemos que lo vamos a lograr. No. Es imposible. No importa lo que escriba la tinta, no hay victoria posible. Y esto último lo aprendí leyendo un libro de aventuras que entendí e interpreté bastante mejor que aquellos que quieren abandonar lo que no entienden.

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