Sirenas
Todos tienen sus sirenas. Trampas mortales en las que caen, aun conociendo las historias de aquellos que, encantados por la belleza de sus voces, avanzan hacia ellas con destino irremediable. Navegan por los mares y son atraídos a la catástrofe por sus cantos irresistibles. Cada uno en el mundo que sea como yo, ve a su sirena como la imagen de la belleza mas perfecta, lo misterioso, lo aventurero, lo divertido, incluso lo prohibido. Imposible resistirse ante sus encantos. Más imposible aún conquistarla.
Mi sirena, para mis ojos, es lo mas perfecto que puede ser algún ser que habite entre nosotros, y ahí pierde sus piernas, sus piernas tan imposibles, tan inalcanzables. Cada euforia que tuvo mi sirena conmigo se confunde con algún sueño, se hunde en el agua y escapa de mi cabeza, dejando solo una mezcla difusa de recuerdos poco probables. Todo parece lejano cuando termina, y ante la perfección solo queda la duda, la pregunta de si fue real, si sucedió de verdad o es una reconstrucción nostálgica que me creo porque siento que agoté nuestra estrella. Difícil discernir ante tamaña experiencia. Algún incrédulo podría acusarme de mentiroso, y está bien. Aquel que lo haga no conoce a su sirena, y mucho menos a la mía.
Como siempre con todo, vamos a intentar capturarla. Vamos a querer que una criatura tan imposible nos corresponda de una manera poco probable. Tampoco puede recaer un dedo acusador sobre nosotros. Estamos sometidos a la belleza de su voz, a sus cabellos de colores, a su sonrisa magnética, al olor imposible de su piel, y sobre todo, si tenemos esa suerte, a su cuerpo bailando con el nuestro, libre, atrevido y prohibido, para después alejarse, como todas las cosas que no pueden ser. La sirena debe ser vista, quiere ser vista, y eso se condice con su espectacularidad. No puede ser sólo nuestra. No puede ser de nadie. Mi sirena es de ella misma, y nunca va volver a ceder para que alguien la considere propiedad de algún cazador, y cazadores son los que sobran para mi sirena. Algunos la acechan a lo lejos, agazapados, la admiran casi en silencio, otros, los mas odiosos, insisten de cerca, como queriendo recordarle todo el tiempo que existen, que también fueron y siguen siendo cautivados por su voz y su mirada hipnótica. Me torno irreconocible y quiero alejar a mi sirena. Apartarla de todos esos cazadores que, al igual que yo, no están a su altura, no la merecen. Y tiemblo cuando siento que gasté mis cartuchos, que mi sirena ya no quiere cantar para mi. No sirve alejarse, no sirve acercarse, no puedo pararme en un punto medio. Sometido a sus encantos como estoy, quiero mas de ella, necesito mas de ella, preciso su atención y me desespero por su cuerpo. Me termino preguntando si mi sirena es para mi, si yo soy para ella, si acaso solo es algo perfecto que debe mantenerse así, que no debo contaminarla. Si es que serán verdad las historias de los navegantes que aseguran que los cantos los llevan a encallar para terminar ahogados de forma desesperante. Trato de cuidarme a mi y a mi sirena pero no hay caso, no existe un remedio que pueda hacernos despertar o ser racionales cuando se trata de sirenas...
Mi sirena, para mis ojos, es lo mas perfecto que puede ser algún ser que habite entre nosotros, y ahí pierde sus piernas, sus piernas tan imposibles, tan inalcanzables. Cada euforia que tuvo mi sirena conmigo se confunde con algún sueño, se hunde en el agua y escapa de mi cabeza, dejando solo una mezcla difusa de recuerdos poco probables. Todo parece lejano cuando termina, y ante la perfección solo queda la duda, la pregunta de si fue real, si sucedió de verdad o es una reconstrucción nostálgica que me creo porque siento que agoté nuestra estrella. Difícil discernir ante tamaña experiencia. Algún incrédulo podría acusarme de mentiroso, y está bien. Aquel que lo haga no conoce a su sirena, y mucho menos a la mía.
Como siempre con todo, vamos a intentar capturarla. Vamos a querer que una criatura tan imposible nos corresponda de una manera poco probable. Tampoco puede recaer un dedo acusador sobre nosotros. Estamos sometidos a la belleza de su voz, a sus cabellos de colores, a su sonrisa magnética, al olor imposible de su piel, y sobre todo, si tenemos esa suerte, a su cuerpo bailando con el nuestro, libre, atrevido y prohibido, para después alejarse, como todas las cosas que no pueden ser. La sirena debe ser vista, quiere ser vista, y eso se condice con su espectacularidad. No puede ser sólo nuestra. No puede ser de nadie. Mi sirena es de ella misma, y nunca va volver a ceder para que alguien la considere propiedad de algún cazador, y cazadores son los que sobran para mi sirena. Algunos la acechan a lo lejos, agazapados, la admiran casi en silencio, otros, los mas odiosos, insisten de cerca, como queriendo recordarle todo el tiempo que existen, que también fueron y siguen siendo cautivados por su voz y su mirada hipnótica. Me torno irreconocible y quiero alejar a mi sirena. Apartarla de todos esos cazadores que, al igual que yo, no están a su altura, no la merecen. Y tiemblo cuando siento que gasté mis cartuchos, que mi sirena ya no quiere cantar para mi. No sirve alejarse, no sirve acercarse, no puedo pararme en un punto medio. Sometido a sus encantos como estoy, quiero mas de ella, necesito mas de ella, preciso su atención y me desespero por su cuerpo. Me termino preguntando si mi sirena es para mi, si yo soy para ella, si acaso solo es algo perfecto que debe mantenerse así, que no debo contaminarla. Si es que serán verdad las historias de los navegantes que aseguran que los cantos los llevan a encallar para terminar ahogados de forma desesperante. Trato de cuidarme a mi y a mi sirena pero no hay caso, no existe un remedio que pueda hacernos despertar o ser racionales cuando se trata de sirenas...
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