Pesca con mosca
Recorrí casi todo el mundo buscándolo. Me metí en lugares olvidados. Caminé kilómetros bajo el sol por locaciones inhóspitas. Bruselas, la Havana, Stuttgart. Finalmente dí con él. Estaba sucio, viviendo en la calle, en un pequeño barrio de Francia donde los inmigrantes se ayudaban entre sí. Era lo que había perseguido. La clandestinidad. Me vio y me reconoció enseguida, pero no intentó escaparse. Me senté al lado de él y no le pregunté nada. Me dijo, tocandose la ropa, "soy esto, todos somos esto. Y yo lo vi. Lo veo siempre. Y no puedo dejar de verlo". Y pensando en todo lo que dejó atrás, no pretendí entender o indagar demasiado en lo que me quería decir. "Estoy empapado. Empapado de todo. Y acá somos todos iguales, vos me entendés. Ya soy como vos y como todos. Y acá estoy loco y estoy bien estando loco. Nadie me dice nada. Nadie espera nada de mi. Estoy loco y estoy bien. Vos me entendes".
Tomé un café en un bar parisino y volví. Más tranquilo, pero también más triste.
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