auf wiedersehen

Como si me dijera una novedad, me susurró al oído que solo los canallas le ponen cara o nombre a los fantasmas. Mi amabilidad es una de mis maldiciones, asique debo callar ante estas situaciones.  Pero querido, eso ya lo sé. Es una de aquellas cosas que se aprenden a la fuerza. La capacidad de sorpresa ante las miserias humanas ya no existe en mi. Se me han endilgado actitudes despreciables, porque los muertos sin alma creen que todos somos así. Y lo mismo sucede con aquellos que traicionan. La paranoia dice mucho del paranoico. Y eso es otra cosa que aprendí a la fuerza, aunque algo tarde. Incluso cuando recordamos sus aventuras sin concretar, creen que sacamos al sol las propias para romper algún corazón. Por favor... salto entre estados. Indignación, cansancio, ira y hasta arrepentimiento. ¿Porque no habré sido dotado con una lengua (o una pluma) de oro? Mi karma no se equivoca, algo habré hecho. Pero no me dura mucho el espanto. Soy un necio que cree que tarde o temprano, los cheques se cobran, en esta vida o en otra.
Hace algún tiempo ya que me propuse solo intentar llamar la atención el día que aprenda a conmover, y dudo que eso pase alguna vez. Creo que estoy condenado a la intrascendencia  Aunque debo reconocer que existieron distraídos a los que he logrado ubicar en un lugar un poco más lejano a la indiferencia en alguna ocasión en la que confesé desventuras. Entonces tal vez sea una misión posible, aunque sobran las señales que indican que mi astucia se evaporó cuando entregue mis voluntades a manos de quienes, cuchillo en mano, usan la venganza como un instrumento que les permita (o eso creen) empatarse. Esos mismos no saben que para espantarme solo es necesario despedirse, en vez de pegarme una patada. Casi como un cristiano, dejo de lado mis ganas de escupir fuego y me limito a entender y lamentarme por los que no pueden sanar sus heridas y quieren apuñalar el orgullo de los demás. Esperando que algún día, sinceramente, puedan sicatrizar.

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